Por Kevin J. Doyle (traducción por Ale N) –
Ronnie se quedó mirando el agujero en la valla a través del cual acababa de desaparecer su nuevo balón de fútbol. Su amigo Norman permaneció a su lado con su cabeza gacha y las manos en la cintura.
“De verdad lo siento, Ronnie. No sé porqué no atrapé ese.” dijo Norman “De todas formas, ¡fue un gran tiro! Te apuesto a que no podrías volver a lanzar una pelota por el hoyo aunque intentaras setenta y ocho billones de veces.”
“Está bien, Norman. ¿Tal vez podamos recuperarlo?” dijo Ronnie.
Los chicos permanecieron hombro a hombro y presionaron sus cabezas juntas mientras se esforzaban en mirar por el hoyo de la valla. Cada uno solo podía ver con un ojo, pero era suficiente para darse cuenta que recuperar el balón de fútbol sería prácticamente imposible. ¡Había malas hierbas crecidas y descuidadas al otro lado que hacían ver a la salvaje selva del Amazonas como un jardín Británico perfectamente recortado! ¡Ronnie pensó que podía contar al menos cincuenta flores de dientes de león amarillas del tamaño de su cabeza! Sin mencionar toneladas de otras flores gigantes que él nunca antes había visto. Grupos de plantas llegaban hasta la altura de la cintura y habían troncos de árboles caídos de podridos, que se entrecruzaban en el suelo. Lo peor de todo, no muy lejos de la valla, el suelo descendía abruptamente hacia una zanja profunda.
De repente, escucharon una astuta voz detrás de ellos. Era clara y nítida, pero arrastraba las “S” como silbidos de una serpiente deslizándose.
“¡Parece que ustedes, chicos tontos, necesitan calcetines adecuados!” dijo.
Ronnie y Norman estaban tan sorprendidos que casi se les salieron los zapatos (y los calcetines) cuando ambos se giraron y cayeron en su trasero. Los dos chicos se encontraron frente a frente con un gran anfibio que estaba de pie sobre sus cortas patas traseras. Sus dos brazos rechonchos sostenían la parte superior de un saco blanco el cual colgaba de su hombro. La criatura tenía aproximadamente el tamaño de un perro beagle y era de color negro con puntos amarillos sobre su parte delantera, trasera y la cola. Sus ojos sobresalían de su gran cabeza circular y tenía una amplia boca plana. Sus dedos de las manos y pies eran largos, delgados y puntiagudos.
“Bueno, digamos algo. ¿Qué les parece? ¿Nombres?” dijo.
“Ronnie” dijo Ronnie.
“N-N-Norman,” tartamudeó Norman.
“Saludos,” respondió “Me hincho mucho de verlos.Yo soy Salvatore Salamander y éste es mi sensacional saco de super calcetines. Estaba saltando simplemente por la acera cuando sentí que se estaban gestando algunos problemas.”
Luego, la salamandra caminó justo en medio de los niños y cerca de la valla. Los ojos de los niños estaban tan redondos, como dos llantas de bicicletas, mientras lo veían mirar a lo largo de la valla de izquierda a derecha y finalmente mirar directamente hacia la parte superior.
“Está decidido. Debemos de corretear sobre esta superficie fuerte y sólida en busca de tu la solución en el otro lado.”
Salvatore dejó su saco blanco en el suelo y rebuscó entre él. Sacó dos bultos pequeños y le lanzó uno a Ronnie y otro a Norman. Cada uno sostenía un nuevo par de calcetines con rayas negras y blancas. Las líneas estaban en filas horizontales desde el pie hasta la parte superior.
“Ahora rápido, quítense sus tristes y gastados zapatos y calcetines y ponganse este sensacional par.”
Los dos amigos estaban demasiado asombrados para resistirse, así que hicieron lo que la salamandra les dijo. Si él podía ayudarlos a cruzar la valla y encontrar el balón de fútbol de Ronnie, sin duda lo dejarían. Norman fue el primero en notar lo que sucedió tan pronto como se puso los calcetines nuevos de Salvatore.
“¡Mira Ronnie! ¡Una escalera!” dijo.
Dos escaleras de rayas blancas y negras habían aparecido directamente frente a ellos. ¡Las escaleras se veían exactamente como las rayas en los calcetines de los niños! La salamandra asintió levemente con su cabeza y luego subió corriendo por el par de escalones, desapareciendo por encima de la valla. Ronnie y Norman lo siguieron. Habían dos escaleras idénticas en el lado contrario así que los niños rápidamente se encontraron parados entre las plantas salvajes que habían visto a través del agujero de la valla. Salvatore estaba murmurandose así mismo con la cabeza dentro del saco.
“¡Ronnie, esto es bastante extraño pero al mismo tiempo asombroso!” dijo Norman.
Ronnie sonrió y asintió con su cabeza, ansioso por encontrar su balón.
“¡Perfecto!” dijo Salvatore mientras su cabeza salía del saco.
Rápidamente lanzó un par de calcetines a cada uno de los niños. Los nuevos también eran negros y blancos sin embargo, estos tenían un patrón de diamantes superpuestos en cada uno. Ronnie reconoció el patrón de rombos como un argyle.
“¡Háganlo rápido! ¡Cambien sus calcetines!” dijo Salvatore.
Ronnie y Norman saltaban sobre un pie y luego sobre el otro mientras se quitaban los calcetines rayados y se ponían los calcetines con patrón de rombos. Norman le dio un codazo a Ronnie y señaló las dos escaleras por las que habían subido. ¡Justo frente a sus ojos, cada una se estaba deshaciendo y flotando en la brisa! La salamandra tomó sus calcetines usados, los guardó en su saco mientras señalaba el cielo.
Mirando hacia arriba, cada niño fue sorprendido por una liviana red que caía suavemente sobre sus cabezas. Las redes estaban hechas de una malla translúcida color blanca y negra. Cada una estaba cubierta con el patrón de rombos exactamente igual al de sus calcetines nuevos. Salvatore hizo una seña de silencio presionando su largo dedo sobre sus labios. Después hizo un gesto a los niños para que lo siguieran mientras caminaba directamente hacia los cúmulos altos de hierbas.
Después de unos pasos, ambos niños escucharon el zumbido siniestro al mismo tiempo. Con todas las gigantescas flores silvestres y dientes de león a su alrededor, era un paraíso para las abejas y ¡había cientos de ellas volando! Ronnie y Norman sintieron un par de insectos chocar contra sus redes pero permanecieron completamente protegidos. Salvatore Salamandra cargaba su saco de calcetines cuidadosa y silenciosamente entre las plantas gigantes. Los chicos lo siguieron de cerca hasta que pasaron las flores silvestres. Luego se pararon frente al borde de la profunda y empinada zanja .
“¿Cómo sabes que mi balón está ahí abajo? Ronnie susurró.
“¡Parece no tener fondo!” dijo Norman.
“Debe haber saltado por esta pendiente. Escaneé ambos lados mientras caminábamos entre las abejas pero no lo encontré en ningún lado,” dijo Salvatore. “¡No se asusten tensos muchachos, este tropiezo también puede solucionarse con unos sensacionales calcetines!”
Una vez más, la salamandra metió la cabeza en su sensacional saco y salió con dos nuevos pares. Ronnie y Norman lanzaron sus redes, se quitaron los calcetines de rombos y comenzaron a ponerse los nuevos. Estos también tenían rayas negras y blancas pero esta vez iban verticalmente de arriba a abajo. Ronnie acababa de ponerse su par cuando escuchó el fuerte sonido de un envoltorio de dulce arrugarse.
“¡Olvidé que tenía esta paleta de fresa en mi bolsillo!” dijo Norman mientras se preparaba para meterla en su boca.
“¡No puede ser!” gritó Salvatore. “Las abejas salivan ante los dulces aromas de deliciosas y pegajosas botanas.”
Y, efectivamente, el zumbido había aumentado repentinamente a su alrededor cuando varias abejas se apresuraron a inspeccionar el aroma del dulce. Ambas redes, blancas y negras, habían desaparecido cuando los niños se quitaron los calcetines de rombos. Norman lanzó su paleta entre las hierbas y saltó de atrás hacia adelante como si estuviera bailando en llamas mientras se ponía apresuradamente su nuevo par de calcetines rayados. Cuando estuvieron finalmente puestos, Ronnie le dio una fuerte palmada a Norman en la espalda y señaló hacia la zanja. ¡Habían aparecido dos toboganes con giros retorcidos y rayas blancas y negras! Cada tobogán comenzaba en el borde superior y descendía en las profundidades del pozo, serpenteando alrededor y entre árboles rotos y arbustos irregulares a lo largo del camino.
“¡Rápido mis compinches! dijo Salvatore. “¡No desaceleren hasta que estos toboganes terminen!”
Con esas palabras, la salamandra tomó su sensacional saco y se lanzó por uno de los toboganes rayados negro y blanco, saliendo disparado hacia la zanja. Los chicos dudaron por una fracción de segundo pero las abejas zumbantes estaban demasiadas cerca como para estar a salvo, ¡así que simultáneamente se lanzaron por los toboganes y se alejaron a toda velocidad! Cada uno tenía una sonrisa del tamaño de la cola de una ballena mientras se adentraban en la zanja, dando vueltas y vueltas hasta llegar al fondo. Cuando los toboganes terminaron, ambos patinaron hasta detenerse de golpe en la tierra.
Norman estaba atónito por lo que estaba directamente frente a ellos. Un montón de rosales brillantes, las rosas más hermosas y rojas que jamás había visto. Y cada una de ellas tenía espinas las cuales parecían de al menos ¡un pie de largo! Norman volteó hacia su amigo para ver qué estaba haciendo. Ronnie ya estaba de pie señalando el rosal más grande y enmarañado de todos. Su balón estaba encajado ahí, bajo todas esas cuchillas espinosas.
“¡Éxito! Hemos encontrado la escena de su esfera deportiva. Algunos calcetines más nos deberían de ayudar a salvar el día!” dijo Salvatore.
Desapareció nuevamente en su sensacional saco y sacó otros dos pares de calcetines nuevos. Estos también eran negros con blanco y estaban bordados con varios caracoles pequeños. Los chicos se miraron con la boca tan abierta como el Gran Cañón.
“¿Es en serio?” dijo Norman.
“¿Caracoles?” dijo Ronnie.
“¡Los calcetines de caracoles escurridizos nos traerán una gran satisfacción!” dijo la salamandra.
Ronnie y Norman cambiaron sus calcetines de rayas verticales por los nuevos. Inmediatamente, ¡ambos se convirtieron en caracoles! Ninguno de los dos podía sentir sus brazos o pies. La única sensación que tenían era la de deslizarse por el suelo sobre sus pegajosos estómagos. ¡Se sentía tan asqueroso y genial al mismo tiempo!
“Sus caparazones los salvaran de las espinas puntiagudas,” dijo Salvatore Salamandra. “Su pequeño tamaño les permitirá deslizarse y desplazarse debajo de los arbustos. Y si se esfuerzan juntos, uno al lado del otro, ¡podrán usar sus cráneos para empujar la pelota!”
Ronnie y Norman hicieron lo que se les dijo. Fue un poco lento, por supuesto, (después de todo, eran caracoles). Pero en poco tiempo: se deslizaron debajo de los rosales, se colocaron detrás de la pelota y la empujaron hasta sacarla de las horribles espinas. Inmediatamente, ambos chicos comenzaron a quitarse los calcetines negros y blanco con caracoles, ambos ansiosos por volver a su forma humana. Sin embargo, Salvatore les dijo que dejaran de quitarse los calcetines y esperaran un momento. Después metió su cabeza dentro de su sensacional saco de super calcetines y rápidamente salió con un solo par. Estos eran rojos y amarillos, no los normales negros y blancos que los niños habían visto en todos los otros pares de calcetines. Bordado en cada uno de los nuevos calcetines de la salamandra había un jugador de fútbol, en uniforme completo, preparándose para patear una pelota de fútbol. Salvatore se los puso y al instante se elevó sobre los chicos. ¡Se había convertido en una réplica de tamaño real del jugador de fútbol!
Salvatore recogió el balón de Ronnie en una mano y con la otra levantó cuidadosamente a los dos niños, los cuales seguían en forma de caracol. Después puso a los niños sobre la pelota, justo al lado de los cordones. Les dijo que se adhieran fuertemente a la superficie usando toda su baba. A continuación, la salamandra, quien seguía en forma de jugador de fútbol, se volteó para quedar frente a la pendiente de la zanja y poder ver hacia la valla que habían subido. Tomó unos cuantos pasos hacia adelante y sin previo aviso, ¡pateó la pelota lo más fuerte y alto que pudo! Ronnie y Norman salieron disparados girando y volando en el aire a toda velocidad mientras pasaban fuera de la zanja y sobre la valla.
Los muchachos se sintieron como si estuvieran en la feria del condado sobre la rueda de la fortuna más salvaje de la historia. De repente, ellos y la pelota GOLPEARON el piso y rodaron hasta detenerse en el pasto. Gracias a su baba pegajosa, que parecía pegamento, y sus fuertes caparazones de caracol;Ronnie y Norman no estaban para nada lastimados. Inmediatamente se quitaron los calcetines y se encontraron sentados en su forma humana en el lugar exacto donde conocieron a Salvatore Salamandra. Sus propios zapatos y calcetines estaban justo a su lado. Ronnie apretó su preciada pelota contra su pecho y chocó los cinco con su amigo.
La asusta y silbante voz sonó detrás de ellos una vez más, diciendo “Hasta luego mis chistosos seguidores de deportes! ¡Sayonara de parte de Salvatore Salamandra y su sensacional saco de súper calcetines!”
Los muchachos apenas tuvieron tiempo de voltear la mirada y ver desaparecer la amigable cara de su anfibio amigo, del mismo agujero en la valla que se había comido la pelota de Ronnie.
“¡Gracias Salvatore!” dijo Ronnie.
“¿De casualidad no tienes dos pares de calcetines con un millón de dólares en ellos, verdad?” gritó Norman.
Lamentablemente, no hubo respuesta de parte de la inusual salamandra. Así que los chicos se quedaron sólo con el balón de fútbol de Ronnie y una historia simplemente espectacular para contar a sus amigos.
El fin.
Tiempo de preguntas:
- ¿Qué habían perdido los dos niños detrás de la valla?
- ¿De qué color era Salvatore Salamandra?
- ¿Qué hizo el primer par de calcetines para ayudar a los niños a pasar sobre la valla?
- ¿Por qué necesitaron redes?
- ¿Cómo regresaron los niños sobre la valla con el balón de fútbol?


















