Kabungo Y El Tigre

Por Rolli (Traducido por Ale N) -

Una de mis misiones siempre ha sido enseñar a Kabungo cómo leer. Es una pena que una niña de 10 años, que vive en una cueva en la calle principal, no sepa leer, escribir o incluso firmar su nombre. Si crees que enseñar a una cavernícola suena difícil, bueno, piensa que es doblemente difícil. Piensa que es casi imposible porque prácticamente es impensable enseñar a alguien cuando ellos siguen comiendo insectos y oliendo tu cabello. Imposible o no, bueno, seguiré tratando. Como mi tío Jorge siempre ha dicho: ahora o después, incluso lo imposible hace una siesta. 

Aproximadamente hace un mes, me dirigí a la cueva con algunos libros bajo el brazo. Todos eran libros con ilustraciones; Kabungo, no tiene mucha paciencia para las palabras. Una vez traté de leerle una novela, pero ella solo dijo “Giu giu giu” y aventó el libro hasta el otro extremo de la habitación. 

Ese día comenzamos con el libro “Animales de la A la Z”, un libro sobre abecedario. Mi amiguita encendió la fogata y se sentó en el suelo junto a mi.

Me temo que no salió muy bien. Kabungo trató de comer la araña en la letra “A de araña”. Cuando llegamos a la letra “E de elefante”, se escondió debajo de la mesa y no quiso salir hasta que le prometí que los elefantes no eran reales. Eso cuenta como una mentira, ya lo sé, pero cuando se trata de enseñar a una cavernícola, mentir a veces es necesario. 

Después de que ella casi arranca la página con la letra “S de serpiente”, decidí que habíamos terminado. Estaba a punto de cerrar el libro cuando Kabungo me detuvo. 

“¿Qué?” ella preguntó, apuntando a la siguiente página.

“Eso” respondí, “es un tigre, T de tigre”.

“Mmm,” dijo mi amiga, mientras mordía su dedo. Cuando Kabungo está pensando siempre mira hacia arriba y muerde su dedo. “Yo querer eso” dijo finalmente, asintiendo con fuerza. 

“¿Quieres un tigre, Kabu? A veces la llamó Kabu, es más corto. 

Asintió con la cabeza aún más fuerte.

“Sí. Suave. Tigre suave bonito, Belly.” Kabungo siempre me llama Belly. A ella se le dificulta decir “Beverly”.

Cuidadosamente le expliqué a mi amiguita que los tigres son animales muy grandes y peligrosos que solo viven en la India o en los zoológicos, pero pude notar que ella no estaba escuchandome. Cuando Kabungo no está escuchando sus ojos se vuelven redondos y sé que hay una burbuja sobre su cabeza con un tigre dentro, una chuleta de cerdo, o cualquier cosa que ella esté pensando en el momento. Es frustrante.

Yo quería seguir leyendo pero Kabungo no me dejaba voltear la página. Ella se quedó mirando fijamente la imagen del tigre y tratando de acariciar su pelaje. Entonces le dije que, si ella quería, le podía traer un libro entero sobre tigres. Eso le llamó la atención.

“Sí, sí, Belly” ella exclamó “traer a mí. Corre” 

Así que recogí los libros (excepto por el libro del abecedario de animales, ya que ella aún no me lo regresaba) y me dirigí a mi camino. Estaba apenas saliendo de la cueva hacia la luz del sol cuando una voz detrás de mí dijo, “Oh, ¿Belly?”. 

“¿Si, Kabu?”, le respondí mirando hacia atrás. 

“Tigre también traer”.

Y antes de que pudiera responder, ella regresó a las sombras.

Buscar un tigre para una cavernícola no era realmente la manera en la que planeaba pasar mi tarde. Por suerte, tuve una idea. 

Si tuvieras una tienda de dulces, una farmacia y cientos de otras tiendas y las combinaras todas juntas, probablemente obtendrías la “Super Tienda de Abarrotes” del señor Gustavo. La misma que estaba justo en la esquina de la calle principal. 

El señor Gustavo es un gran tipo. Aunque él no tiene nada de cabello, nunca deja de sonreír. Su frase favorita es decir a la gente “¡Bienvenidos, tenemos de todo!” Y es verdad. Cuando entré a su tienda y le pregunté si tenía algún tipo de tigre, no era realmente porque no creí que tuviera sino para saber en dónde buscar.  

“¡Claro que tenemos tigres!” sollozó, “están al lado de las mentas”. 

Miré a los tigres, de peluche claro, y escogí el que parecía más fuerte de todos. Kabungo puede ser un poco tosca con sus juguetes. 

“El circo llegó al pueblo”, dijo el señor Gustavo mientras me entregaba el cambio. 

¿De verdad?, dije. Nunca me han gustado mucho los circos. Están siempre muy llenos y huelen mal.

“Sip.” mientras guardaba el tigre de peluche en una bolsa. “El Gran Circo Naranja De Mossgrove. Estarán aquí toda la semana, ¿Qué tal un par de entradas?” 

“No gracias” respondí. 

“¿Segura?, te los puedo dar por la mitad de precio”.

“¿Cuánto cuestan?”, pregunté aunque no era algo que de verdad quería.

“Son gratis”, respondió el señor Gustavo, “siempre son gratis para los niños”.

“¡Es un buen trato, yo lo aceptaría!” dijo la esposa del señor Gustavo asomando su cabeza desde la habitación trasera y luego metiendo de nuevo su cabeza. No sé mucho sobre la esposa del señor Gustavo, sólo sé que siempre está apareciendo y desapareciendo. . 

El señor Gustavo se cruzó de brazos. “Te diré, eres firme haciendo negocios; puedes tenerlos con un descuento del 75%”.

¿75% de descuento de gratis?, dije levantando mis cejas. 

“Sip”, dijo el señor Gustavo, “Y esa es mi oferta final”.

Lo pensé pero de verdad no necesitaba esas entradas; y siendo la mejor amiga de una cavernícola no me dejaba mucho tiempo.

“Nah,” dije. “Pero muchas gracias.

“¡Vendido!” gritó el señor Gustavo. Introdujo las dos entradas en la bolsa y me la entregó. “¡Gracias por comprar en la “Super Tienda De Abarrotes” del señor Gustavo, y recuerda que tenemos de todo!”

Mientras salía de la tienda, miré hacia atrás y el señor Gustavo tenía una gran sonrisa en su rostro. Tenía un extraño sentido del humor pero siempre me ha gustado eso de él.

Después, crucé la calle para llegar a la biblioteca pública de la ciudad y escogí un libro ilustrado llamado “Twylla y el tigre”. Lo guardé en la bolsa que tenía el tigre de peluche y me dirigí a la cueva.

Cuando toqué en la pared de la cueva, no hubo respuesta.

Toqué de nuevo. No recibí respuesta tampoco y pensé que era algo extraño. Kabungo es una cavernícola que casi no sale a la calle. 

Tal vez siga dormida, pensé, entrando a la cueva. Pero cuando vi la fogata encendida supe que eso tampoco era posible.

“¿Kabu?”, dije mientras buscaba alrededor “¿Kabu?”.

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